Vete a Saber – Noche 3
VIERNES-SÁBADO
Otra noche: al llegar Él le dice ‘Hello my Darling’. Ella parece no hacer caso. Él se la mira. Entonces piensa lo que ha estado meditando toda la tarde: está colgado de Ona pero esta vez el ‘cuelgue’ es muy diferente a todas las otras, esta vez no sufre, sino que al contrario, está muy contento por el ‘buen rollo’ que hay entre los dos (aunque Ella le dé calabazas). Después hablan del uniforme del trabajo: Él le dice que estaba mucho mejor con sólo la toalla y ella rió. (Ella lo había recibido así a la hora del café, sin embargo, al contrario que en las películas, no pasó nada).

La sensación que sintió cuándo ella lo recibió en toalla fue una mezcla de miedo (temor a hacer mal las cosas), sorpresa y excitación. Ella puso como excusa que Él había llegado demasiado pronto, Él la creyó, aunque horas más tardes se puso a pensar en si no era demasiado ingenuo al creer esa excusa (¡Si, eres muy ingenuo!).
Sube arriba a cambiarse. Después de ponerse los pantalones negros, la camisa azul cielo (que resalta su piel parda) y la corbata de siempre (aquélla que se pone con cualquier camisa) decide escribirle otra nota. Ésta vez no puede volverla a dejar, evidentemente, en el bolsillo de sus pantalones, quiere que la encuentre enseguida. Pone la nota en su casco y baja en recepción.
Llama Carme y, disimulando la voz, intenta tomarle el pelo (de hecho, lo consigue, pero Él lo disimula): cuándo ella le ha pasado el teléfono le ha dicho: - Toma, tu novia - . Él ha contestado que sólo quiere una novia, y la ha mirado a los ojos. Ella ha comprendido y asiente con la cabeza, luego niega con la cabeza. Sube a cambiarse.
Antes de marcharse (ella, porque a Él todavía le quedan muchas horas) llama a casa: sus padres aún no han llegado. Ella dice que lo llamará. Él está de acuerdo, de hecho tiene muchas ganas. Finalmente, se marcha rechazando el beso de buenas noches, como de costumbre.
Pasan las horas, Él espera la llamada pero ésta no llega nunca. Se pone triste. Tiene ganas de escuchar su voz y Ona no llama. Piensa en llamar Él, pero ella le había dicho que no lo hiciera y, además, es muy tarde (las una y cuarto). Él, sin embargo, mantiene la esperanza: quizás esté esperando que sus padres se vayan a dormir para hablar con tranquilidad.
Ya son las tres. No llamará. Resignación. Se nota un poco mareado y sube a buscar el bocadillo (de hecho, sólo ha cenado una ensalada). Se come el bocadillo y hace un gran trago de agua. Se va a la puerta a fumar: las calles, como siempre, están vacías, no pasa nadie. Piensa que quizás ha encontrado la nota y que está harta de Él: eso lo preocupa. Acaba el cigarrillo, lo aplasta en el suelo y vuelve hacia dentro. Decide irse al dormir en el sofá: así las horas pasarán más rápidamente hasta que llegue la mañana (por la mañana la volverá a ver).
Durante la noche se despierta varias veces por los chicos italianos (muy simpáticos, por cierto, no como la bruja francesa de la cuatrocientos seis) que pedían disculpas per este hecho. Él les dice que no hay ningún problema. A las seis llega la furgoneta del pan: se acuerda de que no ha ido a la cocina a buscar las cajas vacías. – Da igual, ya los devolveré mañana- se llama. Después de entrar las cajas en recepción vuelve a dormir, esta vez profundamente, hasta que llega la camarera a las siete y media. Se mira la camarera (es la nueva): no es fea en absoluto, pero nada comparable con Ona (que por la noche no ha llamado). (Realmente, la estupidez le ha invadido por completo!) Piensa que falta poco para verla: se pone a cantar porque está contento.
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